Tres historias conmovedoras sobre el envejecimiento ¿Cuándo dejaremos los estereotipos de la edad en el pasado?

04/06/2018

Natasa Todorvic

Tres Historias

“Mira, la vieja esta nadado”

Toda mi vida he amado nadar. Mi padre me enseñó a nadar cuando tenía 8 años. Nadar me relaja, me hace sentir activa; es parte de quien soy. Hice muchas competencias sin importar si la medalla que ganaba era de oro, plata o bronce, pues para mi nadar es lo que más amo en la vida.

Me pongo la gorra de baño y me sumerjo en la piscina mientras me siento llena de alegría. Sé que es algo que haré hasta que mi vida termine. Pero hace unos días me ha sucedido algo que a parte de dolerme me hizo pensar si me he equivocado y debo dejar ya la natación.

Estaba nadando en la piscina, había muchas personas y dentro de esas personas habían dos niños. Tenían aproximadamente 11 años, la misma edad de cuando gané mi primera medalla. Sus risas llamaron mi atención, y fue cuando me di cuenta que me señalaban y le decían a sus amigos “Miren, la vieja esta nadando” como si fuera un alíen. Me sentí avergonzada por hacer lo que amo.

Claro, he olvidado decirles mi edad. Tengo 77 años, pero nado igual que cuando tenía 11, 21, 41 o 61. Ahora es que me pregunto ¿Porqué algunas veces la gente joven y en ocasiones los mayores, creen que las mujeres mayores no deben seguir nadando?

¿Será que creen que a nuestra edad nos estamos aptas para adentrarnos en una piscina? O ¿Porqué somos mujeres mayores que no sabemos nadar o que ya lo hemos olvidado después de tantos años?

Todas estás preguntas me las planteo  de la siguiente manera, ¿es la ignorancia la que está hablando o es una mentalidad que tiende a ser negativa en cuento al envejecimiento y las edades mayores? ¿Será que aún no se entiende que el envejecimiento no tiene que ser negativo? De hecho, en muchos casos es todo lo contrario, es positivo.

 

 “Has perdido tu nombre para volver solo una mujer mayor y enferma”

Me encuentro tirada en la cama de un hospital donde puedo oír y ver, pero no mover o contestar a las preguntas que me hacen. Los doctores y las enfermeras se turnan para verme; mis familiares vienen de visita pero me encuentro cansada y débil. Se que soy una carga para sus finanzas ¿Cómo puedo cambiar esto? No quiero que ellos sigan gastando su dinero.

Los peores momentos los paso a la hora de la comida. Las enfermeras te ponen un plato en las mesita de noche; el problema es mi hambre y que me encuentro muy débil para poder alcanzar el plato. Si hubiera alguien aquí conmigo para ayudarme a comer, para mi sería mucho más fácil.

Pero en cambio, cuando la enfermera regresa y ve que no he podido comer me grita “¿Ahh con qué no vas comer?, pues que mimada y princesa eres.” Y se lleva mi plato lleno. Me convenzo que no importa tanto, al final no es que tuviese tanta hambre. Mi hijo vendrá más tarde a visitarme, si es que puede salir del trabajo, y me traerá algo de comer. Solo espero que lo dejen salir durante las horas de visita. No estaré dormida cuando llegue y así podré decirle que tengo hambre, que necesito solo una sopa caliente para tener fuerzas nuevamente.

Estoy tirada en la cama y escucho como todos hablan de mi. “Sí, si que es bastante vieja, ha vivido ya bastantes años”  y me pongo a pensar que no deberían hablar de esa forma de mi, es decir, escucho todo, deberían ser más discretos.

Ahora que me encuentro aquí, he estado pensando en lo difícil que es estar débil y sin poder alguno. He perdido mi nombre y me he convertido en solo una “vieja enferma”. Si solo pudiera lavar mi cabello, visitar el salón de belleza. Ahora no me han lavado el cabello en 15 días.  Antes yo trabajaba en este hospital, de hecho era enfermera y los que me atienden solían ser mis colegas. Pero ahora no soy más su colega y solo soy una vieja tirada en una cama.

 

¿Para qué necesita ropa nueva esta abuelita?

Amo ir de compras, me gusta ver tiendas, y probarme de todo. Probablemente pensáis que estoy en mis 20 ó 30 ó 40 pero no, tengo 66 años.

En mi país, la típica persona pensaría “¿Para qué ésta abuelita necesita ropa nueva?” Claro que me doy cuenta de las reacciones de las personas, así como cuando las vendedora en las tiendas primero me escanean de pies a cabeza con sus ojos intentando adivinar mi edad. Por lo general me han dicho cosas como : Señora, nos parece que esto no es apropiado para su edad, eso es para jóvenes. ¿Cuántos años tiene? Déjeme le recomiendo algo más apropiado para usted.

Que estrés, ¿De quien debería ser la decisión sobre lo que compro.? Estoy consciente de lo que me gusta vestir y de los colores que amo. Lo malo es que cada vez este tipo de situaciones se vuelven peores. Un día de primavera estaba con una amiga, buscábamos un lugar lindo para tomarnos un café, la mayoría estaban llenos pero aún así logramos encontrar una mesa vacía en unos de los establecimientos. En cuanto nos acercábamos a la mesa, el mesero nos dijo que estaban llenos, a lo que respondí “¿A qué te refieres con llenos? si esa mesa está vacía”. A lo que nos contestaron “Estamos llenos, no hay mesas libres para ustedes aquí.”

Esto me generó confusión, sorpresa y vergüenza. No había mesas libres para mujeres mayores como nosotras. ¿Será que no quieren mujeres mayores a los 20, 30 años?  Mientas estaba parada pensando, dos mujeres jóvenes entraron al lugar y se sentaron en la mesa libre. Esto realmente es un escandalo.

 

Estas mujeres merecen ser tratadas igual que todos las demás

Las historias mencionadas no son inventadas. He escuchado a cada una de estas mujeres, mujeres mayores con nombre y vidas, miembros de la misma sociedad que nosotros, que trabajan, viven y están envejeciendo.

Cuando empieces a habar sobre  personas  que su edad empieza con un número 6, 7, 8 ó 9, que tienen arrugas en la cara y que han nacido en las primera mitad del siglo 20, recuerda que estás hablando contigo mismo en el futuro, un futuro que llegará antes de lo que crees. Ten en mente que estas mujeres que han trabajado, amado y llorado lo siguen haciendo. Ellas luchan por sus derechos y también por los nuestros y ellas merecen ser tratadas igual que cualquier otra persona.

 

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