Historias de vida: ¡La vida no ha hecho más que empezar!»

Orest, de 69 años, no cree que la edad sea un obstáculo para una vida plena.

Su vida cambió cuando, a los 60 años, decidió emprender una nueva carrera como actor y modelo. Desde entonces, se ha convertido en uno de los rostros más reconocidos de Lviv.


«Tuve que vivir la vida que viví para convertirme en la persona que soy hoy», afirma.

Aunque romper los estereotipos del envejecimiento no era su intención, Orest se alegra de haberlo hecho.

«Si alguien me hubiera dicho hace 10 años que daría un giro de 180 grados profesionalmente, nunca le habría creído. He trabajado en la construcción, en fontanería… He desempeñado trabajos de esfuerzo físico durante la mayor parte de mi vida. Sin embargo, cuando tomé la decisión de hacer un cambio, ni mi formación ni mi edad fueron obstáculos en esa ecuación».

Un día, se encontró con un anuncio en el periódico para un «personaje escénico»: animador disfrazado en un restaurante. Intrigado, Orest decidió probar suerte.

«Estaba ansioso, incluso asustado, pero decidí hacer la prueba. La gente me dice ahora que ‘nací actor’, pero yo, respetuosamente, discrepo. Me convertí en actor porque un día tomé una decisión. Como se dice, somos lo que elegimos. Incluso con el paso del tiempo, seguimos siendo personas en constante formación».

Mientras Orest paseaba por la plaza principal de la ciudad vestido como un lviviano medieval, invitando a la gente a entrar en el restaurante, llamó la atención de un popular presentador de televisión. Así fue como apareció por primera vez en la televisión nacional. Pocos meses después, recibió ofertas para trabajar de modelo, anuncios televisivos y fotográficos, vídeos musicales de gran impacto y un papel protagonista en una película.

La fama que le llegó fue aún más inesperada que la propia profesión.


«En una ocasión, un guía turístico me mencionó como el ‘símbolo de Lviv’, y hasta el día de hoy, es el logro del que me siento más orgulloso», afirma.


Cuando comenzó la invasión a gran escala, recuerda haberse sentido asustado, sobre todo por su familia. Sin embargo, cree que no fue consciente de la magnitud de la situación hasta mucho más tarde, cuando visitó a los soldados heridos en el hospital.

«Iba disfrazado de San Nicolás, de sala en sala, intentando levantarles el ánimo. En un momento dado, uno de los soldados me dijo que me daría la mano, pero sólo tenían tres manos entre los cuatro. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de la realidad. Y también fue cuando me di cuenta de que haciendo lo que hago podía ayudar a la gente».

Ahora Orest participa activamente en diversos proyectos sociales, como actor y orador motivacional. Como apasionado defensor de la vida sana, aprovecha cualquier oportunidad para hablar de la importancia de mantenerse físicamente activo y de conservar la salud mental en tiempos de guerra. Recientemente, tuvo una destacada intervención en un gran foro dedicado a las necesidades y desafíos de las personas mayores, donde resaltó el aspecto psicológico del envejecimiento.

«Viejo no es el que tiene arrugas a los 80 años, sino el que tiene los ojos apagados a los 30 años. Lo que importa es el fuego que llevas dentro, tus ganas de vivir. En ningún sitio importa más que en un país en guerra».

Dice que lo más importante que le ha enseñado la vida es a estar siempre agradecido.

«Tengo una mujer encantadora con la que llevo casado 47 años. Tengo un hijo y tres nietos preciosos. Me encanta lo que hago en el trabajo, y me encanta lo que hago cuando no trabajo: pasar tiempo con mi familia y amigos, pescar, cocinar. Soy un hombre muy afortunado».

Nunca considera que la edad le impida disfrutar de la vida; al contrario, afirma que es más feliz gracias a su edad, no a pesar de ella.

«Cada una de mis arrugas representa años, experiencias, momentos de felicidad y de desgracia. Ellas son testigos de que he vivido. ¿Cómo no amarlas? Lo que mucha gente parece olvidar es que todos fueron jóvenes en algún momento, pero no todos llegan a ser mayores. Por eso, tengo aún más motivos para apreciar lo que tengo. Para mí, el mejor día de mi vida es hoy».

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