Venezuela afronta una emergencia humanitaria tras los recientes terremotos que han golpeado a comunidades ya marcadas por años de crisis, fragilidad de servicios básicos y dificultades de acceso a atención sanitaria, alimentos, agua y protección. En las zonas afectadas, los daños en viviendas e infraestructuras, los cortes de energía y comunicaciones, y las dificultades para llegar a algunas comunidades están agravando una situación que cambia cada hora.
En una emergencia así, la edad importa. Para una persona mayor, perder su casa puede significar también perder sus medicamentos, su bastón, sus gafas, su historia clínica, su red vecinal o la posibilidad de desplazarse para pedir ayuda. Si nadie la identifica de forma activa, puede quedarse fuera de los albergues, de las distribuciones, de los registros y de la asistencia que necesita para sobrevivir con dignidad.
En Venezuela, alrededor del 14% de la población tiene 60 años o más. Aplicando esta proporción al universo de personas afectadas o en riesgo, se estima que más de 950.000 personas mayores podrían verse afectadas. Por eso, la respuesta humanitaria no puede ser neutra a la edad: debe garantizar derechos, proteger vidas y reconocer a las personas mayores no solo como receptoras de ayuda, sino también como agentes clave para sostener y reconstruir sus comunidades.
Una emergencia que también es una cuestión de derechos
Las emergencias no suspenden los derechos humanos. Al contrario: los ponen a prueba. El derecho a la vida, a la salud, a la información, a la protección, a la vivienda, a la asistencia humanitaria sin discriminación y a participar en las decisiones que afectan a la propia vida deben garantizarse también en una crisis.
En contextos de desastre, las personas mayores suelen quedar fuera de los sistemas ordinarios de respuesta por razones muy concretas: no siempre pueden desplazarse hasta un punto de distribución, hacer cola durante horas, acceder a información digital, reconstruir documentos, comunicarse con servicios públicos o explicar sus necesidades en medio del caos. Cuando esto ocurre, la exclusión no es inevitable: es el resultado de una respuesta que no ha incorporado desde el inicio el enfoque de edad.
¿Cómo afecta un terremoto a una persona mayor?
Un terremoto no afecta únicamente a los edificios. Rompe rutinas, tratamientos, apoyos familiares, redes vecinales y mecanismos cotidianos de supervivencia. En una persona mayor, esa ruptura puede convertirse rápidamente en una amenaza para la vida.
Después de un seísmo, una persona mayor puede enfrentarse a varios riesgos simultáneos:
· Perder el acceso a medicamentos esenciales para enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes, insuficiencia cardíaca, enfermedades respiratorias o dolor severo.
· Quedar aislada si vive sola, si sus familiares han migrado, si sus vecinos también han sido afectados o si las comunicaciones se interrumpen.
· No poder evacuar o desplazarse por movilidad reducida, discapacidad, pérdida de ayudas técnicas, miedo, lesiones o falta de transporte.
· No acceder a albergues o puntos de distribución si están lejos, no son accesibles, tienen largas esperas o no cuentan con información clara.
· Sufrir deshidratación, desnutrición, infecciones, caídas, descompensación de enfermedades previas o deterioro emocional por la pérdida repentina de seguridad.
· Quedar fuera de los registros de asistencia si nadie pregunta específicamente por edad, situación de dependencia, discapacidad, medicación o red de apoyo.
Por eso, en una emergencia como la de Venezuela, no basta con decir que la ayuda llegará a toda la población. Hay que diseñarla para que llegue también a quienes tienen más barreras para acceder a ella.
Las personas mayores no son solo receptoras de ayuda: también sostienen a sus comunidades
HelpAge defiende una idea esencial: las personas mayores tienen derecho a recibir protección y asistencia, pero también tienen derecho a participar, decidir y aportar. No son únicamente personas vulnerables; son titulares de derechos, portadoras de experiencia y agentes de cambio en sus familias y comunidades.
En muchas comunidades, las personas mayores son quienes cuidan a nietos y nietas, conservan la memoria colectiva, conocen el territorio, identifican a vecinos aislados, saben quién necesita medicación, quién vive solo, quién tiene discapacidad, quién no puede salir de casa y quién no se atreve a pedir ayuda. En una emergencia, ese conocimiento puede salvar vidas.
Incluir a las personas mayores en la respuesta humanitaria significa escuchar sus prioridades, adaptar la asistencia a sus necesidades reales y reconocer su capacidad para orientar la acción comunitaria. También significa romper con una mirada edadista que las presenta solo como carga o dependencia. Una respuesta justa no habla por las personas mayores: habla con ellas.
Qué está haciendo HelpAge en Venezuela
La red HelpAge ya está trabajando sobre el terreno en Venezuela a través de nuestros equipos y de socios locales venezolanos. En estos primeros días, la prioridad es combinar la asistencia inicial con evaluaciones rápidas de necesidades para identificar a las personas más afectadas, entender qué barreras están enfrentando y asegurar que las personas mayores sean incluidas desde el inicio de la respuesta.
Este trabajo se realiza en coordinación con actores locales que conocen las comunidades, las rutas de acceso, las redes vecinales y las dinámicas del territorio. Esa presencia local es clave: en las primeras horas y días después de un desastre, quienes están más cerca de las comunidades suelen ser quienes pueden llegar antes, identificar mejor las necesidades y evitar que la ayuda se concentre solo en quienes tienen más capacidad de pedirla.
HelpAge aporta financiación, apoyo técnico y experiencia humanitaria para que la respuesta incorpore el enfoque de edad. Esto significa mirar no solo cuántas personas necesitan ayuda, sino quiénes son, dónde están, qué barreras enfrentan y qué tipo de apoyo necesitan para sobrevivir con dignidad.
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