Bajo el mismo cielo: reflexiones desde la frontera entre Moldavia y Ucrania

© Israel Fuguemann / HelpAge International

Este artículo está escrito por Sarah Pilchick, Responsable de Comunicación Humanitaria de HelpAge International. El texto original en inglés está disponible en la página web de HelpAge International.

El paso fronterizo entre Moldavia y Ucrania en Palanca es modesto. Las banderas de Moldavia y Ucrania ondean al viento -con la de la Unión Europea entre ellas- y hay una pequeña zona libre de impuestos. Unos cientos de metros más allá de este punto hay una pequeña barrera. Desde el 24 de febrero -y según el derecho humanitario internacional-, una vez que una persona ucraniana pasa por encima de esa barrera hacia Moldavia, se convierte en una refugiada.

Cuando me encontraba en la frontera, viendo a las personas refugiadas entrar en Moldavia y regresar a Ucrania, estaba lo suficientemente cerca de suelo ucraniano como para que mi teléfono cambiara al azar entre las redes moldavas y ucranianas. Sin embargo, estaba en el lado de la frontera que, para tanta gente, representaba la oportunidad de vivir sin miedo a los bombardeos, el hambre y las balas. Para muchos, sería la diferencia entre la vida y la muerte.

Tras poco más de un mes de guerra, el número de personas refugiadas que llegan a Palanca ha disminuido. Los ucranianos cruzan la frontera con Moldavia y se suben a un minibús que los lleva a un campamento situado a una milla de distancia, donde pueden recibir atención médica, tomar una comida caliente y subir a los autobuses que los llevan a Chisinau, Bucarest y otros lugares. Hay tiendas de campaña para quienes llegan demasiado tarde para emprender su viaje. En los periodos de mayor actividad, el campamento veía llegar a miles de personas cada día. Ahora, recibe entre 200 y 600 nuevas llegadas diarias.

Cerca de la frontera, observo a una mujer mayor con un pañuelo floreado en la cabeza y una chaqueta de punto azul, de pie y en silencio junto a una maleta y unas bolsas de plástico. Se llama Anna y tiene 85 años; como todas las personas ucranianas mayores, soportó muchas tragedias durante el siglo XX por el mero hecho de vivir en el objetivo del terror de Hitler y Stalin. Ahora, tras haber sobrevivido a la ocupación nazi y al totalitarismo soviético, su ciudad natal, Kherson, ha sido atacada y ocupada con saña una vez más, como en los años cuarenta. Tras un mes de guerra y bombardeos, decidió abandonar su hogar y viajó sola durante tres días, cargando con esa maleta y esas bolsas de plástico, para encontrar seguridad en Moldavia.

Mis compañeros y compañeras de HelpAge y yo seguimos el minibús de Anna hasta el campo de personas refugiadas, donde la volvimos a ver, sentada sola a la sombra, con una expresión de cansancio y resignación. La familia de Anna se dirigiría a Moldavia desde Italia, donde vive ahora, y donde ella también se trasladaría para estar con sus familiares. Anna no habla italiano y me pregunto si alguna vez se sentirá en casa en Italia. Me pregunto también si podrá volver a Ucrania.

© Israel Fuguemann / HelpAge International

La evaluación rápida de necesidades, realizada por HelpAge en el este de Ucrania a principios de marzo, determinó que casi el 99% de las personas mayores de la región no querían ser evacuadas de sus hogares, y según la actualización del 23 de marzo de monitoreo de REACH en Moldavia, solo el 7% de las personas ucranianas que llegaron a Moldavia tenía 65 años o más. Las personas mayores constituyen un tercio de todas las personas que necesitan asistencia en Ucrania, lo que hace que esta sea la crisis del mundo que tiene una mayor proporción de personas mayores.

HelpAge y sus socios están haciendo un trabajo vital a ambos lados de la frontera para apoyar las necesidades de las personas ucranianas mayores. Su trabajo sobre el terreno en Moldavia, apoyando a las personas refugiadas con la distribución de alimentos, kits de higiene y asistencia médica, es vital para asegurar que quienes han hecho el agonizante viaje a través de las fronteras tengan lo que necesitan para construir el futuro que tan cruelmente se les negó en casa.

Artículo de Sarah Pilchick, Responsable de Comunicación Humanitaria de HelpAge International.
Lee el texto original en inglés en la página web de HelpAge International.

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